Pasó
la vida cuidando su cabellera, reafirmando sus senos, puliendo su cuerpo con
miel azucarada, aprendió a expresarse con genuina elocuencia, leyó poesía para hidratar su
alma, meditó para limpiar su mente, susurró con danza lo que su corazón gritaba... pero jamás sospechó que la
inocencia de sus pies tomaría la batuta aquella noche.
Los mismos que se paralizaban ante el miedo, que la llevaron por caminos
espinosos. Ellos que en silencio se recargaban en la arena y dejaban que el
mar la calmara. Ellos que ante la indecisión le daban el impulso para elevarse y caminar por
las nubes, discretos.
Aquella noche él solo los veía a ellos, como quien indaga en el brillo de los ojos y reconoce al
ser.
Descubrió la fuerza en el color de sus bordes, los hizo suaves a su tacto, jugó con ellos, les dio vida, se dejó seducir por esos minúsculos amantes para revelarla, se apropió uno a uno de sus diez sentidos; él los amó y con sus labios, la expuso a amar.
Descubrió la fuerza en el color de sus bordes, los hizo suaves a su tacto, jugó con ellos, les dio vida, se dejó seducir por esos minúsculos amantes para revelarla, se apropió uno a uno de sus diez sentidos; él los amó y con sus labios, la expuso a amar.
por Patrizia Fusco
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